LA SALUD MENTAL DE LAS Y LOS TRABAJADORES DE LA SALUD EN CHILE

Opinión
Por Odette Alvarado, presidenta ASENF Hospital Sótero del Río y prosecretaria FENASENF

Como trabajadora de la salud en Chile, he sentido en carne propia el peso abrumador que la salud mental impone sobre nosotros. En nuestra profesión, lidiamos constantemente con el estrés, la presión emocional y el desgaste que conlleva cuidar de los demás, mientras descuidamos nuestro propio bienestar. Este sacrificio, aunque noble, puede dejarnos exhaustos y con la sensación de que nuestras propias necesidades no son lo suficientemente importantes. Uno de los aspectos más preocupantes es el acceso limitado a terapias y recursos que podrían ayudarnos a sobrellevar el peso emocional de nuestras responsabilidades. En un momento en que la necesidad de apoyo psicológico es crucial, muchos de nosotros enfrentamos altos costos de tratamientos que son inalcanzables. Las instituciones de salud, aunque pueden ser conscientes de nuestra situación, a menudo carecen de programas adecuados que garanticen nuestro bienestar emocional. Así, nos encontramos atrapados en un ciclo de estrés y ansiedad que se convierte en un compañero constante, minando nuestra capacidad para ser la mejor versión de nosotros mismos.

Esta situación se complica aún más cuando consideramos que muchos de nosotros también somos padres. La salud mental de nuestros niños, niñas y adolescentes es un tema que nos debería preocupar a todos. Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde la supervivencia y el éxito personal prevalecen sobre el bienestar colectivo. Este enfoque puede dejar a nuestros hijos luchando en un mundo que no siempre les brinda el apoyo emocional que necesitan. El estrés que enfrentamos como adultos se traduce en un ambiente familiar tenso, donde nuestras preocupaciones pueden afectar su desarrollo emocional y psicológico. Es desgarrador llegar a casa después de un día agotador y sentir que no tengo la energía suficiente para ser el padre o la madre que ellos merecen. La presión de ser el sostén emocional y económico de la familia, combinada con la carga laboral, crea un panorama desgastante que a menudo parece ineludible. Nos encontramos atrapados en una dinámica que perpetúa el ciclo de ansiedad y estrés, afectando no solo nuestro bienestar, sino también el de nuestros hijos.

Como dirigente gremial, siento una profunda responsabilidad de alzar la voz por nuestros colegas y exigir cambios significativos. Es fundamental que tanto el gobierno como las instituciones de salud reconozcan la importancia de atender nuestra salud mental, así como la de nuestros niños y adolescentes. Necesitamos políticas que faciliten el acceso a servicios psicológicos y programas de apoyo integral que incluyan no solo a los trabajadores de la salud, sino también a nuestras familias. La salud mental no debería ser un lujo, sino un derecho accesible para todos.

Transformar este escenario no es solo una necesidad, es una urgencia. Requiere un cambio cultural que valide nuestra lucha y la importancia del bienestar emocional, tanto para los adultos como para las nuevas generaciones. Solo así podremos construir un entorno más saludable, donde quienes dedicamos nuestras vidas a cuidar de los demás también recibamos el apoyo necesario para cuidar de nosotros mismos y de nuestros seres queridos. La salud mental de los trabajadores de la salud, así como la de los niños, niñas y adolescentes en Chile, es un asunto que nos concierne a todos. Es hora de actuar y garantizar que quienes nos dedicamos a esta profesión también tengamos la oportunidad de sanar y prosperar, mientras aseguramos un futuro más justo, digno y esperanzador para nuestras familias.